Hace largo tiempo perseguí a contrarreloj a mi propio conejo blanco, como una vez hizo Alicia. Al principio me llevó por sendas maravillosas, con mucha luz y aire fresco. Me gustó tanto lo que descubrí gracias a él que me empeñé más que nunca en seguirle, al principio con curiosidad, pues quería ver lo que me esperaraba más allá; pero al final la curiosidad se convirtió en obsesión, no podía sacarme de la cabeza al conejo blanco. Algo que te hace sentir tan bien no puede ser malo, ¿no?... eso pensaba, hasta que un día el conejo se me adelantó tanto que lo perdí y me dejó sola en medio de la noche con la sola compañía del murmullo de los árboles.
Al final conseguí volver a la civilización, a mi casa, aunque me costó... y aún hoy, a pesar de pasarlo tan mal cuando me vi perdida, echo de menos al conejo.
Curioso, ¿no? ¿Cómo echar de menos algo que nunca se alcanzó?
